valpo-celeb
No hacía falta mirar el reloj para saber que eran las 12. No hacía falta estar pendiente del televisor esperando ver los LEDS de la torre Entel cambiar a 00. El ambiente estaba suficientemente eufórico para darnos cuenta de que ya era el minuto para darse el abrazo. Un abrazo medio acelerado; entre los inocentes estallidos de petardos infantiles y el sonido de una turba expectante por el caos de una noche sin ley. Una mano agazapando la botella de champagne pensando en beberla o batirla, y con la otra mano buscando la cámara de fotos que luego se transformaría inútil al ser tan inepta en capturar la emoción y admiración de aquel momento.
Como previniendo el ataque de Pearl Harbor, cuales ballenas cantando entre ellas, los barcos hacían sonar sus sirenas anunciando lo que se iba a venir. Las exclamaciones de la gente sólo fueron creciendo hasta la primera explosión donde se callaron al unísono enmudecidas por el tronar de los fuegos. Como Christian Bale en "El Imperio del Sol" —que nunca imaginó que sería el Batman más admirado de todos los tiempos— miraba absorbido el bombardeo al puerto de Shangai (en este caso; Valparaíso) acompañado sólo por una orquesta de alarmas de auto cuales violines acompañan al piano. El asombro sostenía mi mirada mientras me distraía por las explosiones más alejadas. La ciudad entera era entonces la galería del espectáculo más visitado del año detonando los flashes de las cámaras con la esperanza de obtener un retrato de la vedette de la noche. Y así transcurría ya casi la media hora cuando en una última seguidilla interminable de explosiones que remecieron el balcón donde apreciaba tal espectáculo como el loop del dj cuando más me quiere hacer bailar, y cual orden del mismísimo Dios creando el universo, se hizo la luz. Y el cielo de mitad de la noche se alumbró como si fuera dia y en ese preciso minuto, sin lágrimas ni risas, sólo la incrédula aceptación de lo que estaba presenciando, las explosiones cesaron, las luces se apagaron y pude sentir esa milésima de segundo antes de la ovación de pie de los millones de personas que ahí se encontraban. Entonces sólo ahí supe que el nuevo año había comenzado.
Como previniendo el ataque de Pearl Harbor, cuales ballenas cantando entre ellas, los barcos hacían sonar sus sirenas anunciando lo que se iba a venir. Las exclamaciones de la gente sólo fueron creciendo hasta la primera explosión donde se callaron al unísono enmudecidas por el tronar de los fuegos. Como Christian Bale en "El Imperio del Sol" —que nunca imaginó que sería el Batman más admirado de todos los tiempos— miraba absorbido el bombardeo al puerto de Shangai (en este caso; Valparaíso) acompañado sólo por una orquesta de alarmas de auto cuales violines acompañan al piano. El asombro sostenía mi mirada mientras me distraía por las explosiones más alejadas. La ciudad entera era entonces la galería del espectáculo más visitado del año detonando los flashes de las cámaras con la esperanza de obtener un retrato de la vedette de la noche. Y así transcurría ya casi la media hora cuando en una última seguidilla interminable de explosiones que remecieron el balcón donde apreciaba tal espectáculo como el loop del dj cuando más me quiere hacer bailar, y cual orden del mismísimo Dios creando el universo, se hizo la luz. Y el cielo de mitad de la noche se alumbró como si fuera dia y en ese preciso minuto, sin lágrimas ni risas, sólo la incrédula aceptación de lo que estaba presenciando, las explosiones cesaron, las luces se apagaron y pude sentir esa milésima de segundo antes de la ovación de pie de los millones de personas que ahí se encontraban. Entonces sólo ahí supe que el nuevo año había comenzado.

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